Lo que quedó atrás
Al principio, los tres yacían sobre la cama. El hombre estaba en el centro. A su lado derecho descansaba la mujer de pelo rojo, en su ropa interior color violeta. A su izquierdo, la mujer con gafas. Ninguno de los tres se movía.
La luz de la habitación se posaba sobre el blanco de la ropa de cama. Una almohada azul estaba cerca de la cabecera. La puerta marrón permanecía cerrada. No había nada más.
La mujer de pelo rojo tenía la cabeza vuelta hacia el hombre. Su brazo reposaba sobre su pecho. El hombre tenía los brazos extendidos a los costados, las palmas hacia arriba. La mujer de gafas miraba al techo, un brazo doblado bajo su cabeza.
Así estuvieron un tiempo. No hablaban. No se miraban. Solo respiraban. El silencio llenaba el espacio entre ellos, pesado y completo.
Luego, la mujer de gafas giró la cabeza hacia el hombre. Su mejilla se hundió un poco en la sábana. Él no volvió la mirada hacia ella. Su perfil permaneció quieto, mirando al frente. Ella cerró los ojos.
La mujer de pelo rojo deslizó su mano por el pecho del hombre, hasta su hombro. Allí se detuvo. Sus dedos no se movieron. Él no reaccionó al contacto. Su cuerpo siguió inmóvil.
Minuto a minuto, el aire en la habitación se volvió más denso. La quietud era lo único que compartían. No había prisa. No había un después. Solo el ahora plano y extendido sobre la cama blanca.
Finalmente, la mujer de gafas retiró el brazo que tenía bajo su cabeza y lo dejó caer a un lado. El movimiento fue lento, casi imperceptible. La mujer de pelo rojo retiró su mano del hombro del hombre. Él, por fin, respiró hondo. El aire salió de sus pulmones como un suspiro silencioso.
Ese fue el final de aquello. El momento antes de que todo cambiara. Lo último que tuvieron en común fue la inmovilidad.
El sostén púrpura
El hombre se movió sobre la mujer_1. Ella yacía de espaldas. Él quedó encima, sus cuerpos ocupando el centro de la cama. La mujer_2 se apartó. Sus pies descalzos pisaron el suelo. Cruzó la habitación. La puerta marrón se abrió y luego se cerró. Ella se fue.
Quedaron solos. El hombre y la mujer_1. La blancura de las sábanas enmarcaba sus figuras. Él se mantenía arriba. Ella permanecía debajo. Su respiración era lo único que alteraba la quietud de la escena. Los movimientos eran lentos, casi ponderados. No hubo prisa.
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El regreso
La puerta se abrió de nuevo. La mujer_2 regresó. Su silueta se recortó contra el marco antes de entrar completamente. Su pelo rojo era lo primero que volvió a la habitación. Luego, todo su cuerpo. Cerró la puerta sin hacer ruido.
Se acercó a la cama. No miró directamente a la pareja. Sus ojos recorrieron la escena, la sábana arrugada, la almohada azul desplazada. Se detuvo al borde del colchón. Permaneció de pie un momento, inmóvil. Luego, se inclinó. Se tumbó de costado, junto a ellos. Su cuerpo formó una nueva curva en la blancura de la cama. Su sostén púrpura contrastaba con la palidez del lienzo.
Ella no tocó a nadie. Yació allí, en el mismo lugar que antes había ocupado. Su presencia era un hecho consumado, un elemento que se reincorporaba al arreglo de cuerpos. Los tres estaban juntos de nuevo, pero el orden había cambiado. Él arriba de una, la otra al lado. Y el sostén púrpura seguía allí, en ella, sin quitarse.
Mientras ella se sentaba
Entonces ella se movió. La mujer de las trenzas se apartó y se levantó de la cama. Sus pies descalzos pisaron el suelo sólo un momento. Dio media vuelta y volvió a la cama, pero no al mismo lugar. Se colocó de rodillas frente a él. Él seguía tumbado de espaldas, sus manos sobre la sábana blanca. Ella se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas de sus manos a cada lado de su cuerpo. Luego bajó. Su cuerpo cubrió el suyo. Se sentó sobre él.
Los siguientes minutos transcurrieron así, en un lento intercambio de posiciones y pesos. Un movimiento generaba otro, una cesión precedía a un nuevo acomodo. La habitación no registraba nada más que este lento mecanismo, el crujido casi inaudible del colchón, el desplazamiento del aire.
| Qué hacía ella | Qué hacía él |
|---|---|
| Se incorporaba sobre las rodillas. | Permanecía acostado. |
| Bajaba la cadera. | Alzaba las manos hacia su cintura. |
| Arqueaba la espalda. | Sus manos encontraban sus caderas. |
| Se balanceaba hacia delante. | Dejaba caer las manos a los lados. |
| Se reclinaba sobre su pecho. | Quedaba inmóvil bajo su peso. |
Esa inmovilidad suya era lo que quedaba al final de la secuencia. Un reposo. Ella, ahora recostada sobre su torso, descansaba la mejilla en su hombro. Su pelo oscuro se esparcía sobre el blanco de la almohada. Él no rodeaba su cuerpo. Sus brazos seguían extendidos, las palmas hacia arriba, como si aguantaran algo que ya no estaba allí. La mujer de pelo rojo observaba desde el otro lado de la cama, su brazo sobre el vientre, el color violeta de su ropa intacto contra la sábana. La puerta marrón seguía cerrada. La luz de la habitación no cambiaba. Todo lo que se había movido ahora yacía quieto, y lo que no se había movido, como la puerta o la almohada azul en el suelo, continuaba en su sitio.
Lo que no se movió
Después, los tres quedaron quietos otra vez. Ella, la de las gafas, yacía de espaldas. Él se acomodó a su lado, sobre el costado, mirando hacia la puerta. La otra mujer, la de cabello rojo, se recostó junto a ellos, su cuerpo formando una curva leve hacia el centro del grupo.
Pasaron así un tiempo, respirando. La luz se mantenía igual. La puerta marrón no se abrió ni se cerró. El silencio era el mismo de antes.
El lugar de cada cosa
Luego, la mujer de espaldas giró. Lo hizo lentamente, sin prisa, hundiendo el rostro en la funda blanca de la almohada. Su espalda quedó expuesta, la piel limpia bajo la luz.
Él se movió entonces. Se desplazó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo. Su peso la hundió aún más en el colchón. Ella no ajustó su posición. Él no bajó más. Se quedaron así, inmóviles, él sobre su espalda, ella con la cara oculta.
Las cosas que habían llegado a la habitación esa noche por azar permanecieron donde habían caído:
- Un pendiente de metal que brilló una vez cerca del borde de la cama y después no se volvió a tocar.
- Una media enrollada sobre sí misma, olvidada en el suelo, lejos de su pareja.
- Una llave que había salido de un bolsillo y rodado hasta quedar bajo la sombra de la mesilla.
- Un mechón de cabello rojo, enredado en la sábana blanca, que nadie recogió.
- El reloj pulsera de él, que siguió marcando la hora desde donde lo había soltado, en la cabecera.
- El aroma de un perfume que se posó sobre la almohada azul y ya no se movió de allí.
Y ya no se movieron
La mujer_1 volvió a quedar boca arriba. Su cuerpo se acomodó sobre la sábana blanca, que ya no estaba tan tensa. El hombre se recostó a su lado, sobre el costado. Su brazo quedó debajo de su cabeza, y su mano descansó en la almohada azul, cerca de su hombro.
La mujer_2 se mantuvo en su lugar, al otro lado de la cama. Su pelo rojo se extendía sobre la funda blanca. Su espalda, con sus tatuajes, estaba vuelta hacia los otros dos. Su cuerpo, aún en la ropa interior violeta, no se acercó ni se alejó.
Los tres respiraron. Sus torsos se elevaron y bajaron, cada uno a su ritmo, sin sincronía. El pecho del hombre se hinchó con más aire. El de la mujer_1, tumbada de espaldas, se movió poco. La espalda de la mujer_2 subió y bajó de manera lenta, casi imperceptible.
Ninguno de los tres cambió de postura otra vez. El hombre no retiró el brazo. La mujer_1 no giró la cabeza. La mujer_2 no dio la vuelta. Permanecieron así, quietos, en el silencio de la habitación. La puerta marrón seguía cerrada. La cama era la misma. Las sábanas, la misma. La almohada, la misma.
El tiempo pasó sobre ellos. Minuto tras minuto, sin que hicieran nada más. Solo estar allí. Y luego, el final. Eso fue todo. No hubo nada después.

